Originarte

Por: Santiago Ardila Sierra

Cuando un profesor me preguntó si conocía la historia detrás de mochila arhuaca, no supe qué responder. Él, con ínfulas de quien sabe, contó a todo el salón que cada diseño es hecho por las mujeres del pueblo y que los trazos dibujados con lana más oscura cuentan una historia diferente; por eso cada mochila era única e irrepetible. Al no conocer el esfuerzo de dichas mujeres, continuó el profesor, mi mochila no tenía valor alguno, ni sentimental ni de ninguna naturaleza. Admito que salí preocupado del salón, si no ofendido por el menosprecio que hacían de mis cosas. Agarré la mochila, llena de cuadernos y chucherías, para irme a pensar sobre si era verdad que el morral no valía nada. Porque si era así, lo mejor era dejarlo guardado en algún cuarto de San Alejo y olvidarme de aquel impase que tuve con el profesor. A lo mejor podría irme hasta la Sierra Nevada de Santa Marta y encontrar una mujer que tejiera uno para mí y me explicara la historia que guardaban los dibujos.

Por: Laura Bernal Vergara

Desperté esa mañana, con la cara pálida y los nervios de punta. Los malos tragos habían hecho que no recordara qué había pasado la noche anterior. Primer golpe de pecho: "No sé tomar", segundo golpe de pecho: "Estaba con la persona que me gusta y no lo aproveché, en cambio me vio en uno de mis peores estados", tercer golpe de pecho: " Pude haber visto una de mis bandas favoritas y no la vi", cuarto golpe de pecho: "Estas cosas no me pasan";" yo no soy así"; "me pudo haber pasado algo" de golpe en golpe fui aumentando la lista de razones para quedarme en la cama sufriendo de lo que comúnmente llaman: "Guayabo moral".

Por: Alejandro Villegas Oyola

Gabriel García Márquez decía que el realismo mágico no era otra cosa que la realidad que vio y vivió durante sus años en la región Caribe. Esta historia lo confirma una vez más.

La noticia del fandango en honor a la "Mocha" voló más rápido de lo que permiten los caminos intransitables de los límites entre Bolívar y Sucre, en los Montes de María. Doña Delcy Méndez, propietaria del único restaurante y hotel de El Salado, preparó camino para el corregimiento de Canutalito, en Sucre. Hacía 14 años no iba. Recuerda muy bien la fecha porque fue un mes antes que por esa vía 450 bárbaros, motosierra en mano, ingresaron con brazaletes de las autodefensas, mocharon cabezas como salvajes y protagonizaron en estas tierras polvorientas y olvidadas del Caribe una de las peores masacres en la historia de Colombia. Más de sesenta personas murieron en esa orgía de violencia en El Salado.

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